
El año pasado hice mi práctica de Psicología Educacional en el CRA (Centro de Recursos para el aprendizaje) del Ministerio de Educación. Aprendí mucho sobe fomento lector, y al mismo tiempo, conocí libros que de otra manera no habría leído. La oficina del CRA tiene una biblioteca increíble, y en ciertos momentos del día me escapaba algunos minutos para ver las novedades en literatura infantil juvenil que llegaban (Un saludo para Fernando, el bibliotecario del CRA). Dentro de los libros que leí, se encuentra uno de Marta Carrasco para Editorial Amanuta (tengo que escribir un post sobre esta editorial eventualmente) llamado "Érase una vez un espacio". En general la autora suele escribir sobre el encuentro de sujetos que provienen de lugares distintos y, aparentemente, irreconciliables. Este es el caso de "La otra orilla" (Ediciones Ekaré Sur): los habitantes de dos poblados no se hablan y entre ellos los divide un río. Sin embargo, una niña se encuentra con un niño del otro poblado, y comienzan a hablar. Los discursos que habían escuchado de sus familiares, de pronto, pierden sentido y se hacen amigos.

Algo similar sucede con "Érase una vez un espacio". De partida, el título siempre me ha intrigado, pero esto es algo que podemos discutir después. Haciendo uso del formato del libro, la autora asigna un lugar determinado (la hoja izquierda) para el hombre azul, y la derecha para el hombre de amarillo. Así, ambos personajes deciden marcar su territorio, y se observan desde la lejanía con desconfianza. Incapaz de mantener su cuadrado, el Señor Azul busca invadir el territorio del Señor Amarillo y ahí empieza una larga discusión. El Señor Azul empuja sus límites. El Señor Azul, luego, se sienta sobre el Señor Amarillo, quedando reducido a un rincón de las páginas, hasta que finalmente cae al vacío. Ambos señores quedan adoloridos, y comienzan a reparar las dañadas líneas que demarcaban sus respectivos territorios. La familia del Señor Amarillo se enfrenta a la familia del Señor Azul. Pero en medio de la discusión de los adultos, los niños se juntan al centro, traspasando las líneas y comienzan a jugar. Al mezclarse, se tornan color verde, y después rojo. Los adultos, intrigados, se suman al globo de colores, y de pronto las divisiones previas dejan de existir. Al final del libro hay una invitación: "Aquí hay un espacio. ¿A quién piensas invitar tú, para que juntos lo compartan y lo lleven, cada uno con sus colores?"

No quiero decir que este libro fomenta la diversidad o el respeto por el otro. Más que eso, me interesa cómo se traduce un problema clásico de cualquier disciplina que se encuentre dentro de las humanidades, respecto a cómo conocemos y nos aproximamos al otro, desde una perspectiva de la literatura infantil. Pueden decir que la intención de la autora es esperanzadora, o quizás demasiado inocente, porque nuestra historia está plagada de conflictos entre unos y otros. Pero creo firmemente en esa confianza casi ciega que Marta Carrasco tenía sobre los niños y niñas. Los adultos son quienes tienen discusiones, prejuicios y creencias respecto al actuar del otro desconocido, los niños no. En este sentido, me parece valioso recomendar este tipo de literatura para niños y adultos (tal como es el espíritu de este blog), que nos incita a ver cómo habitamos los distintos espacios. Puede ser que la metáfora de las divisiones sea algo evidente, o la idea de la combinación de los colores la veamos en múltiples libros, pero la manera en que los recursos literarios y pictóricos son usados en la historia hacen la diferencia.
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