miércoles, 27 de agosto de 2014

"Es así"

Robe, no sé qué hacer con la muerte. Cuando chica era fácil escaparse de los funerales con excusas de dudosos dolores de estómago y resfríos pasajeros. Era fácil, también, crear destinos fantásticos de mis abuelos que explicaban por qué no los vería más. En mis historias escritas los veía en una isla lejana, imposible de acceder por mar o tierra, bebiendo sin aburrimiento un vaso tras otro de piña colada. Mis imágenes coloridas contenían cualquier signo de tristeza, que poco a poco se iba evaporando a medida que el tiempo pasaba. Pero, ya ves, así es el curso natural de las cosas: cuando pequeños y no tan pequeños despedimos a nuestros abuelos, incluso a nuestros padres. Entonces debo reformular mi oración: Robe, no sé qué hacer con tu muerte. Crecer también implica comenzar a ver, a poner su nombre a cada cosa. Y ahora entiendo qué significa morir, tal vez demasiado bien. El año pasado perdí a una amiga querida y hoy debo despedirte a ti, personas con la que esperaba compartir por años distintas victorias y fracasos. 
Llegué a la Literatura Infantil Juvenil casi por error, perdida en el universo sin saber qué seminario tomar, como bien relaté hace un tiempo atrás. Gracias a tu máxima convicción, fuimos el primer seminario de Literatura Infantil de la Facultad de Letras, con todas las dificultades que eso implicó. Era casi predecible determinar la reacción de la gente cuando preguntaban sobre nuestro tema de trabajo: "Qué tierno". Sabíamos la importancia de estudiar este tipo de textos y materiales desde la perspectiva de la Literatura, a ratos olvidada entre las exigencias de la escuela. Poco a poco empezamos a hablar de intertextualidad o metaficción, y los libros "bonitos" comenzaron a plagarse de matices y niveles de análisis. Leímos más sobre arte para entender cómo se mezclaba y revolvía con la literatura en un juego siempre movedizo y cambiante.
Ayer lo escuché un par de veces y estoy de acuerdo: la mejor parte era escucharte leer los cuentos. En ese oficio de contar historias no hay nadie como tú. De pronto todos los personajes nacían, y era inevitable explotar a carcajadas al imaginarnos el gato con sueño de Kitamura o al ingenuo lobo de Una Caperucita Roja. Aún recuerdo cuando fuimos a la Biblioteca de Santiago y no sabíamos qué hacer rodeados de tantos libros desconocidos, deseosos por ser leídos. Ahí empezó mi amor por la obra de la ilustradora Isol, cuando nos mostraste por primera vez "El globo" y  "Tener un patito es útil". Podíamos palpar esa misma emoción en las personas, fueran pequeños, jóvenes o adultos, cada vez que leíamos un nuevo libro. Lo sentimos también cuando partimos en grupo a presentar a un congreso de Literatura a Colombia, y fuimos la única mesa de Literatura Infantil. De pronto teníamos algo especial entre las manos y era nuestra misión mostrarlo al mundo.       
Los libros siempre han sido una forma de refugio, y el lunes, cuando supe de tu partida, no fue la excepción. Lo primero que hice fue abrir libros infantiles, la mayoría de los cuales conocí por ti. Sentí la nostalgia del pequeño protagonista de "Mi abuelo Carmelo" cuando recuerda las palabras de su abuelo: "Las golondrinas viajan tanto que han aprendido el lenguaje de las nubes". Me senté a mirar al cielo y a escuchar atentamente las noticias de los pájaros. Noté el cambio de algunos valientes árboles, antes con sus ramas desnudas, ahora con flores frondosas. Falta poco para la primavera, Robe. Es como aquella frase que he utilizado sin descanso del libro de Paloma Valdivia, "Es así": "Es así / como la primavera sigue al invierno, / unos llegan y otros se van". Me da consuelo escuchar esa cita en distintos momentos, sobretodo ahora. El paso de las estaciones, el día y la noche, la vida y la muerte, eso es todo. Un traslado perpetuo de un lado a otro. Pero es difícil no buscar justicia en todo esto: pedir explicaciones a quién corresponda y decirle cómo deberían ser las cosas, para que las despedidas no ocurran a destiempo. Me gustaría creer que la Muerte te habló al oído por algunos días, como lo hizo con aquel adorable personaje de "El pato y la muerte"; que te cuidó y dio calor cuando fue necesario, para luego dejarte ir. Nosotros nos quedamos acá, atemorizados de cómo será nuestro mundo sin una persona como tú, pero le prometimos a la Javi, tu gran amor, que íbamos a estar bien. Que en vez de sentir la falta con cada camiseta de la U que se nos cruce por la calle, vamos a sonreír. Comenzaremos a inventar historias sobre poderosos hombres deportistas que corrían 25 kilómetros sin mayores dolores ni consecuencias los días siguientes. Pensaremos en olvidar el negro, para reemplazarlo por diversos pantalones de colores y así lucir tu elegancia suprema. Te haremos pequeños homenajes cada vez que leamos un libro a otra persona, porque todos quienes te conocimos guardamos algo de ti. Viaja tranquilo, Robe, estaremos observando el lenguaje de las nubes en búsqueda de cualquier mensaje. Estaremos atentos.  

miércoles, 26 de febrero de 2014

"La Ola" de Suzy Lee

La primera vez que me encontré con un libro de Suzy Lee fue en la librería gigantesca del Fondo de Cultura Económica en la ciudad de Bogotá. El libro era "El pájaro negro", historia contada desde la perspectiva de una niña, quien se escapa de los problemas de su casa volando arriba de un pájaro negro. Las ilustraciones, hechas en su totalidad en carboncillo, me transmitieron una expresividad que reflejaba el estado oscuro de la niña protagonista. A partir de ahí busqué otras historias de Suzy Lee, y dí con "Espejo", "Sombras" y "La Ola" (Barbara Fiore Editora), de la cual haré una breve reseña. 
Ya desde la tapa del libro vemos los elementos fundamentales de una historia sin palabras que podemos resumir como el encuentro entre una niña y el mar en un viaje a la playa. Es imposible no sentir una familiaridad al leer esta historia. Recuerdo perfectamente la primera vez que vi el mar y la curiosidad que sentí al observarlo. Jugué incontables veces corriendo del agua, para que no me tocara, hasta que eventualmente me alcanzaba. A mi modo de ver, todas estas memorias de infancia están sintetizadas en este libro. 
En cuanto al formato, es alargado, rectangular, y la autora hace uso de este espacio para relatar los distintos momentos del encuentro entre la niña y el mar. En la hoja izquierda está el lugar de la niña, quien es acompañada la mayoría del tiempo por gaviotas, personajes hechos por ilustraciones en carboncillo, sello característico de la autora, con un trazo suelto y, a falta de un mejor adjetivo, "despreocupado". En la hoja derecha, en tanto, se encuentra el mar, y sus movedizas olas ilustradas con acuarela color celeste, material ideal para dar el efecto propio del agua. Las hojas del libro sirven para dar cuenta del diálogo que se establece a medida que transcurre la historia. 
En las guardas del libro, vemos a la niña corriendo emocionada, con su mamá detrás de ella. Así, en la primera parte, la niña mira curiosa el movimiento del mar, que también se encuentra replegado. Las olas, sin embargo, tratan de alcanzarla y ella, aunque asustada, logra huir y le gruñe al mar, demostrándole que no le tiene miedo. Lo observa con detención, sentada, con un grupo de gaviotas obedientes detrás de ella, hasta que intenta acercarse. Primero la punta miedosa de un pie, hasta que se entusiasma y comienza a jugar con el agua. La hermosura de la imagen está dada por la explosión de alegría que transmite, y también por la mezcla entre los dos materiales de ilustración: el carboncillo y la movediza acuarela. El agua explota por todos lados, y tanto las gaviotas como la niña se encuentran sumidas en ella. La niña se detiene cuando se percata que una gran ola comienza a formarse, y en un momento cree haber huido, por lo que le saca la lengua, sintiéndose victoriosa. La ola revienta arriba de ella, sin clemencia alguna. La ilustración invade las dos hojas, que se encuentran salpicadas por todos lados por acuarela celeste. Luego, el cielo se vuelve celeste, y la niña, aunque desorientada por el agua, de pronto encuentra un tesoro de conchitas de mar que empieza a recolectar. Llama a su madre para mostrarle lo que ha encontrado (cuando yo era chica me llevaba millones de conchitas de distintas formas y tamaños que luego, misteriosamente, desaparecían de mi pieza), y ella le dice que es hora de partir. La niña vuelve a encontrarse con el mar, y a medida que camina se despide de un mar gigantesco que invade el espacio del libro. A lo lejos, vemos volar a las gaviotas, compañeras momentáneas de la niña.
Creo que este tipo de libros nos muestran distintas situaciones que están sucediendo en la literatura infantil. Las palabras, poco a poco, son dejadas de lado, y cuando son utilizadas es únicamente para dar matices específicos que la imagen no puede expresar. A pesar de esto, vemos muchos libros en los que la imagen alcanza una profundidad de significado que hace innecesaria la intromisión del lenguaje escrito, y la historia es comprensible a todo público. El estilo de la ilustración, además, logra una emotividad que va mucho más allá de cualquier tipo de oración. Producto de esto, creo que nos hace falta tener mayores herramientas provenientes del arte o el diseño para entender mejor lo presentado por la imagen. Algunos han hablado de "alfabetización visual", pero me parece algo reduccionista homologar el lenguaje verbal a la imagen. ¿Para qué buscar el "verbo" en una imagen? Asimismo, el nivel artístico de "La Ola" me hace cuestionar las categorías entre literatura para niños y literatura para adultos. Lo único formal que inserta a esta obra en la categoría de infantil es que la historia se realiza en base a la perspectiva de una niña, pero el resto de los elementos que la componen la convierten en una verdadera obra de arte; tensión que se hace incluso más evidente con otros libros de Suzy Lee. Si quieren buscar el libro, lo encontré en la librería Prosa y Política, donde traen muchos otros de Barbara Fiore Editora.        

jueves, 30 de enero de 2014

"Los pájaros" de Germano Zullo y Albertine

Debo partir diciendo que este es uno de mis libros álbum preferidos. Lo encontré hace unos meses atrás en la librería Baobab, que queda en Barrio Italia y me vi en la obligación de comprarlo. La historia es simple: un hombre tiene la misión de dejar unos pájaros en libertad. Abre las puertas de su camión y éstos salen volando lejos, hasta que se percata que uno pequeño se quedó adentro e intenta que vuele como los demás. El hombre comparte con el pequeño pájaro y hace lo posible por enseñarle a volar. Y, de pronto, lo logra. El pájaro vuela lejos, y él lo observa feliz en la lejanía. Se sube a su camión, con la sensación de haber logrado su objetivo, y como lectores intuimos que el hombre seguirá su camino y los pájaros el suyo. Pero no. Un par de cuadros después, el pequeño pájaro retorna, y así el resto de la bandada, quienes toman al hombre y vuelan con él. Nuestra última imagen es la del pequeñuelo, sosteniendo al hombre mientras éste abre los brazos para sentir que está volando.
La forma en que este cuento esta narrado es simplemente hermosa. Al igual que muchos libros álbum, toma elementos del lenguaje cinematográfico para dar cuenta de la secuencia de acciones que se van sucediendo. Las dos hojas alargadas a veces son utilizadas para mostrar un gran cuadro en la lejanía, y en otras la cámara se acerca y cada hoja despliega una acción concreta del hombre, por ejemplo, cuando le enseña a volar. El cuento parte con un desierto amarillo, y un cielo celeste que usa todo el espacio, y al centro un pequeño camino por donde el camión se va acercando cada vez más a medida que damos vueltas las páginas. La imagen es el recurso primordial para expresar la narración, ya que las palabras han sido dejadas para unas cuantas partes de la historia. Los textos señalan lo justo y lo necesario para complementar lo narrado por las ilustraciones. Encontramos el siguiente texto: "Algunos días son diferentes", y luego, unos cuadros más allá, "Días que podrían ser parecidos a los demás", "Y sin embargo poseen algo que los otros no tienen". El uso del color contribuye a formar esta calidez: el celeste y el amarillo (¿será un color más mostaza, quizás?) son los colores primordiales, y el camión rojo del hombre parece habitar en armonía en ese entorno. Así, los pájaros de colores diversos llenan las páginas y hacen resaltar el color negro del pequeño pájaro, actor relevante de la historia.
El otro día pensaba por qué me gustaba tanto esta historia, porque fácilmente podía caer en muchos clichés o lugares comunes de libros de auto-ayuda, del tipo: "busquemos la felicidad en las cosas sencillas". Este blog no tiene ningún problema con los libros de auto-ayuda, hay gente a la que les resultan sumamente útiles. Pero en este caso concreto, los recursos estéticos dispuestos en la historia son de un nivel tan superior, que la historia va muchos más allá del enunciado y, de alguna forma, te conmueve. Me parece, al fin, que no es un libro pretencioso, sólo busca dar cuenta de la importancia de contemplar la belleza en todos sus formatos, a veces inadvertida. Y creo que aprender a leer y a interpretar, también tiene que ver con ser espectadores de esa belleza, y apreciarla como tal.      

martes, 14 de enero de 2014

"Un cuento de Oso" - Anthony Browne

En los últimos años se ha producido una discusión importante dentro del campo de la literatura infantil y juvenil sobre la funcionalidad de los libros para niños y jóvenes. Podemos identificar dos posturas más o menos marcadas: por un lado, quienes aseguran que mediante los libros podemos desarrollar destrezas y habilidades para la vida, principalmente, mediante el aprendizaje de valores. La literatura vendría a representar momentos críticos en los cuales se desplegarían valores relevantes como la solidaridad o el respeto. A partir de esto, el niño o niña aprendería a identificar esos momentos y, de alguna manera, solucionarlos de una forma "adecuada". Las críticas ante este enfoque han sido variadas, y se relacionan, ante todo, con la normatividad que imponen frente al comportamiento humano. Por otro lado, encontramos a estudiosos como Teresa Colomer, quienes atribuyen múltiples funciones a la LIJ, pero desde el punto de vista de la estética. Leer literatura es sumergirse en el lenguaje. Al leer relacionamos una multiplicidad de referentes que forman parte de nuestra cultura y se van retroalimentando entre ellos. Al establecer estos nexos podemos interpretar, y así, aprendemos a jugar con las palabras. En los libros aprendemos algo tan básico y espontáneo como contar historias, al encontrar en ellos formas básicas de relatos que luego iremos complejizando. 
Es algo evidente que me siento identificada con la segunda postura, aunque es difícil ser constante con ella. El lugar privilegiado de los libros infantiles ha sido la escuela: espacio por excelencia de socialización y formación, por lo que hablar del uso o la finalidad de los libros es buscado constantemente para "enseñar" valores o "enseñar" distintos objetivos de aprendizaje. Considero, sin embargo, que podemos elaborar opciones para ir alejándonos poco a poco de esta perspectiva. Podemos encontrar buenos libros que cumplan estos propósitos, que no necesariamente son literatura. Quizás se podría destinar un momento de la clase para que cada niño o niña lea lo que quiera sin necesidad de ser evaluado por ello, algo muy parecido a lo que busca el programa de Lectura Silenciosa de Mabel Condemarín. O tal vez la opción sea aceptar el lugar de la literatura infantil y juvenil en la escuela, pero ampliar los espacios en los que leer no tenga mayores obligaciones, como el hogar. Y ahí se nos abren otras necesidades como, por ejemplo, acercar a las familias a las bibliotecas, o que las bibliotecas salgan a la calle. La labor de la escuela en la difusión de libros infantiles y juveniles ha sido excepcional, pero es necesario modificar la relación que históricamente se ha establecido con ellos, para ir transitando de la evaluación o el número de palabras leídas por minuto al disfrute de la misma. Ciertamente, este no es un tema acabado, ya que apelar a una relación con los libros desde el disfrute parece ir en contra de la educación que vemos mayormente hoy, centrada en estándares.

Mi plan era hacer una introducción corta, para poder hablar de un libro para niños y niñas pequeñas (yo diría desde los 3 años en adelante), llamado "Un cuento de Oso" de Anthony Browne, pero no lo logré. Les diré entonces los aspectos principales de este libro. Quienes han leído al autor saben la exigencia que demanda al lector, al establecer múltiples relaciones con otros textos. A pesar de la edad de los lectores, este libro no es la excepción. 
Si leemos una vez el cuento, nos topamos con un oso pequeño caminando por el bosque, que en su trayecto se va encontrando con distintos personajes que podemos identificar como clásicos antagonistas dentro de la literatura infantil. El lobo de la Caperucita Roja, por ejemplo, es de los primeros que vienen a atormentar al pequeño Oso, pero él ni siquiera se ve turbado ante su presencia. ¿Cómo sabemos que ese lobo es el lobo de la Caperucita Roja? Simplemente lo sabemos. Es parte de nuestra cultura. Lo mismo sucede con los otros personajes que aparecen. El Oso pequeño no tiene temor porque cuenta con un lápiz que le permite dibujar en la historia lo que él quiera. El lobo se sorprende cuando ve al frente suyo un chancho enojado, y así, el Osito sigue su camino. En un primer nivel, podemos decir que en este texto hay una forma clásica de relato tipo secuencia que encontramos en múltiples cuentos (un clásico por siempre: "Camilón Comilón"): un personaje principal se encuentra con distintos personajes secundarios, quienes pueden entregarle información a nuestro protagonista o causarle dificultades que deberá resolver.       
No obstante, si leemos una segunda y tercera vez, nos vamos encontrando con múltiples niveles dentro del texto. Podríamos decir, de hecho, que es un libro de 17 páginas absolutamente metaficcional, es decir, que habla sobre la literatura y la construcción de historias. El Osito lleva consigo un lápiz: él es el autor encargado de crear la historia y modificarla a su gusto, y lo percibimos en la portada del libro cuando vemos al Oso terminando de escribir el título con su lápiz. Esto se asemeja mucho con la idea de juego que había dicho previamente: interpretar es jugar con las palabras y los referentes dentro del libro. A medida que vemos las ilustraciones con detención, encontramos escondidos de forma sutil pequeños signos icónicos de otras historias de la literatura infantil. En la portada, al fondo del bosque, la casa de Hansel y Gretel. Cuando el Osito se topa con el lobo vemos la capa de Caperucita Roja entre medio de los árboles. En otras páginas, nos topamos a un costado del camino con la manzana de Blancanieves, y así sucesivamente. Hay una dosis de humor en la historia que es evidente: cuando el Osito se encuentra con los tres Osos enojados de "Ricitos de Oro", él les hace un picnic en la naturaleza, y entre medio de los alimentos dibujados por el Osito encontramos los tres platos de avena, que dejan dichosos a los Osos. Si no relacionamos estos signos con sus historias en cuestión, ciertamente el argumento no se modifica, pero al lograr reconocerlas la lectura se enriquece. Diría, entonces, que el acto creador del Oso pequeño refleja el acto mismo de leer, en tanto podemos incorporar las historias canónicas de la literatura y modificarlas como queramos, como si fuéramos participantes de una juego. El Oso no le teme a los antagonistas que se le presentan, porque tiene de su lado al artificio de la literatura.