Robe, no sé qué hacer con la muerte. Cuando chica era fácil escaparse de los funerales con excusas de dudosos dolores de estómago y resfríos pasajeros. Era fácil, también, crear destinos fantásticos de mis abuelos que explicaban por qué no los vería más. En mis historias escritas los veía en una isla lejana, imposible de acceder por mar o tierra, bebiendo sin aburrimiento un vaso tras otro de piña colada. Mis imágenes coloridas contenían cualquier signo de tristeza, que poco a poco se iba evaporando a medida que el tiempo pasaba. Pero, ya ves, así es el curso natural de las cosas: cuando pequeños y no tan pequeños despedimos a nuestros abuelos, incluso a nuestros padres. Entonces debo reformular mi oración: Robe, no sé qué hacer con tu muerte. Crecer también implica comenzar a ver, a poner su nombre a cada cosa. Y ahora entiendo qué significa morir, tal vez demasiado bien. El año pasado perdí a una amiga querida y hoy debo despedirte a ti, personas con la que esperaba compartir por años distintas victorias y fracasos.
Llegué a la Literatura Infantil Juvenil casi por error, perdida en el universo sin saber qué seminario tomar, como bien relaté hace un tiempo atrás. Gracias a tu máxima convicción, fuimos el primer seminario de Literatura Infantil de la Facultad de Letras, con todas las dificultades que eso implicó. Era casi predecible determinar la reacción de la gente cuando preguntaban sobre nuestro tema de trabajo: "Qué tierno". Sabíamos la importancia de estudiar este tipo de textos y materiales desde la perspectiva de la Literatura, a ratos olvidada entre las exigencias de la escuela. Poco a poco empezamos a hablar de intertextualidad o metaficción, y los libros "bonitos" comenzaron a plagarse de matices y niveles de análisis. Leímos más sobre arte para entender cómo se mezclaba y revolvía con la literatura en un juego siempre movedizo y cambiante.
Ayer lo escuché un par de veces y estoy de acuerdo: la mejor parte era escucharte leer los cuentos. En ese oficio de contar historias no hay nadie como tú. De pronto todos los personajes nacían, y era inevitable explotar a carcajadas al imaginarnos el gato con sueño de Kitamura o al ingenuo lobo de Una Caperucita Roja. Aún recuerdo cuando fuimos a la Biblioteca de Santiago y no sabíamos qué hacer rodeados de tantos libros desconocidos, deseosos por ser leídos. Ahí empezó mi amor por la obra de la ilustradora Isol, cuando nos mostraste por primera vez "El globo" y "Tener un patito es útil". Podíamos palpar esa misma emoción en las personas, fueran pequeños, jóvenes o adultos, cada vez que leíamos un nuevo libro. Lo sentimos también cuando partimos en grupo a presentar a un congreso de Literatura a Colombia, y fuimos la única mesa de Literatura Infantil. De pronto teníamos algo especial entre las manos y era nuestra misión mostrarlo al mundo.
Ayer lo escuché un par de veces y estoy de acuerdo: la mejor parte era escucharte leer los cuentos. En ese oficio de contar historias no hay nadie como tú. De pronto todos los personajes nacían, y era inevitable explotar a carcajadas al imaginarnos el gato con sueño de Kitamura o al ingenuo lobo de Una Caperucita Roja. Aún recuerdo cuando fuimos a la Biblioteca de Santiago y no sabíamos qué hacer rodeados de tantos libros desconocidos, deseosos por ser leídos. Ahí empezó mi amor por la obra de la ilustradora Isol, cuando nos mostraste por primera vez "El globo" y "Tener un patito es útil". Podíamos palpar esa misma emoción en las personas, fueran pequeños, jóvenes o adultos, cada vez que leíamos un nuevo libro. Lo sentimos también cuando partimos en grupo a presentar a un congreso de Literatura a Colombia, y fuimos la única mesa de Literatura Infantil. De pronto teníamos algo especial entre las manos y era nuestra misión mostrarlo al mundo.
Los libros siempre han sido una forma de refugio, y el lunes, cuando supe de tu partida, no fue la excepción. Lo primero que hice fue abrir libros infantiles, la mayoría de los cuales conocí por ti. Sentí la nostalgia del pequeño protagonista de "Mi abuelo Carmelo" cuando recuerda las palabras de su abuelo: "Las golondrinas viajan tanto que han aprendido el lenguaje de las nubes". Me senté a mirar al cielo y a escuchar atentamente las noticias de los pájaros. Noté el cambio de algunos valientes árboles, antes con sus ramas desnudas, ahora con flores frondosas. Falta poco para la primavera, Robe. Es como aquella frase que he utilizado sin descanso del libro de Paloma Valdivia, "Es así": "Es así / como la primavera sigue al invierno, / unos llegan y otros se van". Me da consuelo escuchar esa cita en distintos momentos, sobretodo ahora. El paso de las estaciones, el día y la noche, la vida y la muerte, eso es todo. Un traslado perpetuo de un lado a otro. Pero es difícil no buscar justicia en todo esto: pedir explicaciones a quién corresponda y decirle cómo deberían ser las cosas, para que las despedidas no ocurran a destiempo. Me gustaría creer que la Muerte te habló al oído por algunos días, como lo hizo con aquel adorable personaje de "El pato y la muerte"; que te cuidó y dio calor cuando fue necesario, para luego dejarte ir. Nosotros nos quedamos acá, atemorizados de cómo será nuestro mundo sin una persona como tú, pero le prometimos a la Javi, tu gran amor, que íbamos a estar bien. Que en vez de sentir la falta con cada camiseta de la U que se nos cruce por la calle, vamos a sonreír. Comenzaremos a inventar historias sobre poderosos hombres deportistas que corrían 25 kilómetros sin mayores dolores ni consecuencias los días siguientes. Pensaremos en olvidar el negro, para reemplazarlo por diversos pantalones de colores y así lucir tu elegancia suprema. Te haremos pequeños homenajes cada vez que leamos un libro a otra persona, porque todos quienes te conocimos guardamos algo de ti. Viaja tranquilo, Robe, estaremos observando el lenguaje de las nubes en búsqueda de cualquier mensaje. Estaremos atentos. 