jueves, 30 de enero de 2014

"Los pájaros" de Germano Zullo y Albertine

Debo partir diciendo que este es uno de mis libros álbum preferidos. Lo encontré hace unos meses atrás en la librería Baobab, que queda en Barrio Italia y me vi en la obligación de comprarlo. La historia es simple: un hombre tiene la misión de dejar unos pájaros en libertad. Abre las puertas de su camión y éstos salen volando lejos, hasta que se percata que uno pequeño se quedó adentro e intenta que vuele como los demás. El hombre comparte con el pequeño pájaro y hace lo posible por enseñarle a volar. Y, de pronto, lo logra. El pájaro vuela lejos, y él lo observa feliz en la lejanía. Se sube a su camión, con la sensación de haber logrado su objetivo, y como lectores intuimos que el hombre seguirá su camino y los pájaros el suyo. Pero no. Un par de cuadros después, el pequeño pájaro retorna, y así el resto de la bandada, quienes toman al hombre y vuelan con él. Nuestra última imagen es la del pequeñuelo, sosteniendo al hombre mientras éste abre los brazos para sentir que está volando.
La forma en que este cuento esta narrado es simplemente hermosa. Al igual que muchos libros álbum, toma elementos del lenguaje cinematográfico para dar cuenta de la secuencia de acciones que se van sucediendo. Las dos hojas alargadas a veces son utilizadas para mostrar un gran cuadro en la lejanía, y en otras la cámara se acerca y cada hoja despliega una acción concreta del hombre, por ejemplo, cuando le enseña a volar. El cuento parte con un desierto amarillo, y un cielo celeste que usa todo el espacio, y al centro un pequeño camino por donde el camión se va acercando cada vez más a medida que damos vueltas las páginas. La imagen es el recurso primordial para expresar la narración, ya que las palabras han sido dejadas para unas cuantas partes de la historia. Los textos señalan lo justo y lo necesario para complementar lo narrado por las ilustraciones. Encontramos el siguiente texto: "Algunos días son diferentes", y luego, unos cuadros más allá, "Días que podrían ser parecidos a los demás", "Y sin embargo poseen algo que los otros no tienen". El uso del color contribuye a formar esta calidez: el celeste y el amarillo (¿será un color más mostaza, quizás?) son los colores primordiales, y el camión rojo del hombre parece habitar en armonía en ese entorno. Así, los pájaros de colores diversos llenan las páginas y hacen resaltar el color negro del pequeño pájaro, actor relevante de la historia.
El otro día pensaba por qué me gustaba tanto esta historia, porque fácilmente podía caer en muchos clichés o lugares comunes de libros de auto-ayuda, del tipo: "busquemos la felicidad en las cosas sencillas". Este blog no tiene ningún problema con los libros de auto-ayuda, hay gente a la que les resultan sumamente útiles. Pero en este caso concreto, los recursos estéticos dispuestos en la historia son de un nivel tan superior, que la historia va muchos más allá del enunciado y, de alguna forma, te conmueve. Me parece, al fin, que no es un libro pretencioso, sólo busca dar cuenta de la importancia de contemplar la belleza en todos sus formatos, a veces inadvertida. Y creo que aprender a leer y a interpretar, también tiene que ver con ser espectadores de esa belleza, y apreciarla como tal.      

martes, 14 de enero de 2014

"Un cuento de Oso" - Anthony Browne

En los últimos años se ha producido una discusión importante dentro del campo de la literatura infantil y juvenil sobre la funcionalidad de los libros para niños y jóvenes. Podemos identificar dos posturas más o menos marcadas: por un lado, quienes aseguran que mediante los libros podemos desarrollar destrezas y habilidades para la vida, principalmente, mediante el aprendizaje de valores. La literatura vendría a representar momentos críticos en los cuales se desplegarían valores relevantes como la solidaridad o el respeto. A partir de esto, el niño o niña aprendería a identificar esos momentos y, de alguna manera, solucionarlos de una forma "adecuada". Las críticas ante este enfoque han sido variadas, y se relacionan, ante todo, con la normatividad que imponen frente al comportamiento humano. Por otro lado, encontramos a estudiosos como Teresa Colomer, quienes atribuyen múltiples funciones a la LIJ, pero desde el punto de vista de la estética. Leer literatura es sumergirse en el lenguaje. Al leer relacionamos una multiplicidad de referentes que forman parte de nuestra cultura y se van retroalimentando entre ellos. Al establecer estos nexos podemos interpretar, y así, aprendemos a jugar con las palabras. En los libros aprendemos algo tan básico y espontáneo como contar historias, al encontrar en ellos formas básicas de relatos que luego iremos complejizando. 
Es algo evidente que me siento identificada con la segunda postura, aunque es difícil ser constante con ella. El lugar privilegiado de los libros infantiles ha sido la escuela: espacio por excelencia de socialización y formación, por lo que hablar del uso o la finalidad de los libros es buscado constantemente para "enseñar" valores o "enseñar" distintos objetivos de aprendizaje. Considero, sin embargo, que podemos elaborar opciones para ir alejándonos poco a poco de esta perspectiva. Podemos encontrar buenos libros que cumplan estos propósitos, que no necesariamente son literatura. Quizás se podría destinar un momento de la clase para que cada niño o niña lea lo que quiera sin necesidad de ser evaluado por ello, algo muy parecido a lo que busca el programa de Lectura Silenciosa de Mabel Condemarín. O tal vez la opción sea aceptar el lugar de la literatura infantil y juvenil en la escuela, pero ampliar los espacios en los que leer no tenga mayores obligaciones, como el hogar. Y ahí se nos abren otras necesidades como, por ejemplo, acercar a las familias a las bibliotecas, o que las bibliotecas salgan a la calle. La labor de la escuela en la difusión de libros infantiles y juveniles ha sido excepcional, pero es necesario modificar la relación que históricamente se ha establecido con ellos, para ir transitando de la evaluación o el número de palabras leídas por minuto al disfrute de la misma. Ciertamente, este no es un tema acabado, ya que apelar a una relación con los libros desde el disfrute parece ir en contra de la educación que vemos mayormente hoy, centrada en estándares.

Mi plan era hacer una introducción corta, para poder hablar de un libro para niños y niñas pequeñas (yo diría desde los 3 años en adelante), llamado "Un cuento de Oso" de Anthony Browne, pero no lo logré. Les diré entonces los aspectos principales de este libro. Quienes han leído al autor saben la exigencia que demanda al lector, al establecer múltiples relaciones con otros textos. A pesar de la edad de los lectores, este libro no es la excepción. 
Si leemos una vez el cuento, nos topamos con un oso pequeño caminando por el bosque, que en su trayecto se va encontrando con distintos personajes que podemos identificar como clásicos antagonistas dentro de la literatura infantil. El lobo de la Caperucita Roja, por ejemplo, es de los primeros que vienen a atormentar al pequeño Oso, pero él ni siquiera se ve turbado ante su presencia. ¿Cómo sabemos que ese lobo es el lobo de la Caperucita Roja? Simplemente lo sabemos. Es parte de nuestra cultura. Lo mismo sucede con los otros personajes que aparecen. El Oso pequeño no tiene temor porque cuenta con un lápiz que le permite dibujar en la historia lo que él quiera. El lobo se sorprende cuando ve al frente suyo un chancho enojado, y así, el Osito sigue su camino. En un primer nivel, podemos decir que en este texto hay una forma clásica de relato tipo secuencia que encontramos en múltiples cuentos (un clásico por siempre: "Camilón Comilón"): un personaje principal se encuentra con distintos personajes secundarios, quienes pueden entregarle información a nuestro protagonista o causarle dificultades que deberá resolver.       
No obstante, si leemos una segunda y tercera vez, nos vamos encontrando con múltiples niveles dentro del texto. Podríamos decir, de hecho, que es un libro de 17 páginas absolutamente metaficcional, es decir, que habla sobre la literatura y la construcción de historias. El Osito lleva consigo un lápiz: él es el autor encargado de crear la historia y modificarla a su gusto, y lo percibimos en la portada del libro cuando vemos al Oso terminando de escribir el título con su lápiz. Esto se asemeja mucho con la idea de juego que había dicho previamente: interpretar es jugar con las palabras y los referentes dentro del libro. A medida que vemos las ilustraciones con detención, encontramos escondidos de forma sutil pequeños signos icónicos de otras historias de la literatura infantil. En la portada, al fondo del bosque, la casa de Hansel y Gretel. Cuando el Osito se topa con el lobo vemos la capa de Caperucita Roja entre medio de los árboles. En otras páginas, nos topamos a un costado del camino con la manzana de Blancanieves, y así sucesivamente. Hay una dosis de humor en la historia que es evidente: cuando el Osito se encuentra con los tres Osos enojados de "Ricitos de Oro", él les hace un picnic en la naturaleza, y entre medio de los alimentos dibujados por el Osito encontramos los tres platos de avena, que dejan dichosos a los Osos. Si no relacionamos estos signos con sus historias en cuestión, ciertamente el argumento no se modifica, pero al lograr reconocerlas la lectura se enriquece. Diría, entonces, que el acto creador del Oso pequeño refleja el acto mismo de leer, en tanto podemos incorporar las historias canónicas de la literatura y modificarlas como queramos, como si fuéramos participantes de una juego. El Oso no le teme a los antagonistas que se le presentan, porque tiene de su lado al artificio de la literatura.